24 de noviembre de 2010
20 de noviembre de 2010
20 de Noviembre

Antes de entrar en materia, hace rato le pregunto a mí ex:
- ¿Cómo vas a celebrar el centenario?
- ¿centenario? ¿de qué?
- De la Revolución
- No te creo esa avenida no tiene cien años
Bien lo diría el abogado Miguel Carbonell “Hay momentos en la historia cuando un pueblo necesita volver a creer en sí mismo para enfrentar los problemas que lo acechan. La nube negra que ha traído a México la omnipresente violencia, nos ha dejado inermes, ayunos de ideas y sin fortaleza anímica. Parece que las más tétricas pesadillas, los más crueles delincuentes, los más corruptos funcionarios y los peores políticos, se unieron para tejer sobre el imaginario social mexicano, un escenario nefasto en el que no puede siquiera atisbarse luz al final del túnel”.
No hay revolución que dure cien años, ni pueblo que la aguante. ¿Qué queda de la revolución cien años después? A bote pronto diríamos que nada. Los principios que guiaron la Revolución
se fueron perdiendo en el camino. El sufragio efectivo hubo que arrancárselo, casi 90 años después, al partido que se apropió e institucionalizó la revolución. La justicia en el campo y la libertad para los campesinos y los pueblos indígenas, ha sido una deuda eterna de los gobiernos revolucionarios, postrevolucionarios, revolucionarios institucionalizados y los que siguieron después de la transición. Las conquistas obreras se convirtieron en sindicatos con dueño, en una ley del trabajo intocable pero inoperante, y en obreros que hoy, en su mayoría, son contratados con el llamado out sourcing sin goce de derechos. Al igual que en el Porfiriato, hoy, un reducido número de familias tienen el control del país y diez por ciento de la población tiene el 40% de la riqueza nacional. Los ricos hacendados del Porfiriato, que perdieron sus tierras a manos de los gobiernos revolucionarios, hoy son nuevamente los terratenientes del campo y la ciudad.

Lo que sí creó la revolución fue una clase media importante y un sistema educativo y de salud que, durante muchos años, fueron los principales motores de la movilidad social de este país. El problema es que ese esquema de educación corporativa, creador del catecismo nacional, es hoy el lastre más importante del país, y el sistema de salud está más enfermo que sus pacientes: obeso, senil y con una arterioesclerosis que le impide moverse y pensar.
La Revolución Mexicana fue por muchos años el festejo anual más importante que organizaban los gobiernos emanados del PRI, y que utilizaban para reforzar su imagen nacionalista y encubrir al sistema antidemocrático y autoritario.
Quienes rebasamos los veintitantos noviembres de vida, recordaremos aquellos desfiles kilométricos para conmemorar el 20 de noviembre de 1910, en donde abundaban los disfraces de Adelita, Emiliano Zapata, Pancho Villa, Álvaro Obregón, Venustiano Carranza y, desde luego, Francisco I. Madero.
Desde sus inicios la Revolución ha sido factor de enormes debates y controversias. Para algunos académicos, este movimiento fue una simple revuelta entre grupos antagónicos que luchaban por el poder sin un proyecto político y social definido. Para otros, la Revolución dio pauta para que se construyeran en México los cimientos de una nación más estable y próspera.
Aquí les dejo un videíto para que en poco más de dos minutos recuerden lo que vimos durante años en la primaria.
Me queda una duda, mi tatarabuelo murió en batalla en 1915 ¿ pensaría que valió la pena?
18 de noviembre de 2010
Ciudad de las Ideas 2010 - The Origins of the future

Nes - No mames ¿es el que me ligue anoche?
Nacho -mmmmmm no , sale en la tele
Ness -aaaa
Como cada año aplique para conseguir la beca de Ciudad de las Ideas y como cada año me la dieron aunque este año fue diferente a los demás, por un lado personalidades a quienes admiro como Malcom Gladwell, David Konzevik, Michio Kaku, Mario Molina, Sir Tim Berners – Lee y el genial Richard Dawkins.
Como siempre el Complejo Cultural de mi universidad imponente para recibir este tipo de eventos.
Creo que no es un evento tan exclusivo pues si gente de la calaña de López Malo, Pérez Salazar, Enrique Aguera o el mismísimo Mario Marín son dignos de ser alabados desde el escenario, cualquiera puede.
Los Intelectuales guanabee, los periodistas chayoteados, los fresas de amplio criterio y los que no salen de SIBARI no dejaron de hacerse presentes.
Musicalmente no pude ser más feliz con Pate de Fua; personalmente el reencuentro con amigos como Rene, Shen, Gerardo, Baruk, Tete, Marcelino, Pepe Lalo, HEctor, Cristi, Silvia etc....
Pero lo diferente este año fue que por primera vez me sentí incomodo y para colmo no fue por cosas que yo haya hecho sino por la buena fe de ayudar a que entraran quienes no tenían que estar ahí, en pocas palabras me regañaron en la mañana del último día por hechos y actos que yo no hice, nunca me he sentido más identificado con el viejo adagio popular de que la culpa no es del indio sino de quien lo hace compadre.
Finalmente la vergüenza no se me ha quitado pero si con algo me he de quedar fue con el extraordinario debate sobre el propósito del universo, tan solo por ese debate valió la pena soportar durante tres días a personas a quienes no volveré a ver igual.
El Primer Centenario
“El solitario mexicano –escribía Octavio Paz en su Laberinto de la soledad—ama las fiestas y las reuniones sociales. Todo es ocasión para reunirse. Cualquier pretexto es bueno para interrumpir la marcha del tiempo y celebrar con festejos y ceremonias hombres y acontecimientos. Somos un pueblo ritual… El arte de la fiesta envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros.”
Desafortunadamente las fiestas nos debilitan a los mexicanos en lugar de fortalecernos. El tiempo que dedicamos a ese pesado calendario de celebraciones religiosas o patrióticas nos impide hacer bien nuestro trabajo y cumplir con el deber de ser más productivos. “Nuestra pobreza –sentencia Paz—puede medirse por el número y suntuosidad de nuestras fiestas populares.”
No sólo festejamos mucho sino que lo hacemos mal. En el primer centenario de la independencia, en 1910, el gobierno de Porfirio Díaz no pudo concluir el Palacio de Bellas Artes, lo que había de ser el nuevo Teatro Nacional de México, pese a que el edificio se empezó a construir en 1904. Hubo que esperar a septiembre de 1934 para que finalmente fuera concluido e inaugurado. El Monumento a la Revolución, otra obra del centenario que iba a ser el Palacio Legislativo, nunca fue concluido: lo que hoy vemos, con esa cúpula vacía, es el simple cascaron de lo que sería la sede del Congreso de la Unión.
En parte por prestar demasiada atención a esos festejos y obras de gran calado el presidente Díaz no advirtió los vientos de cambio que soplaban por el país en 1910. Cuando la fallida candidatura presidencial del hacendado coahuilense Francisco I. Madero se convirtió en un movimiento nacional de protesta, el presidente nunca entendió su importancia. Poco se imaginaba en las fiestas del centenario, cuando recibió a dignatarios extranjeros y fue objeto de innumerables homenajes, que para el siguiente mes de mayo estaría embarcándose para un exilio francés del que nunca regresaría.
Porfirio Díaz por lo menos concluyó el Ángel de la Independencia, quizá porque el proyecto había sido convocado desde 1843 por Antonio López de Santa Anna. Muchas veces postergados, los trabajos finalmente comenzaron en 1902 bajo el mando del notado arquitecto Antonio Rivas Mercado. La primera construcción se demolió en 1906, debido a un notorio hundimiento, pero aun así el monumento pudo ser concluido a tiempo para la fiesta centenaria del 16 de septiembre de 1910.
No podemos decir lo mismo del monumento que supuestamente habría de ser el emblema de las fiestas del bicentenario. La Estela de Luz, un arco que no será arco, debía haberse inaugurado el 16 de septiembre de 2010. Pero después de aumentar su presupuesto de 393 a cuando menos 690 millones de pesos, en parte porque muchos de los materiales tienen que ser importados de distintos lugares del mundo, el gobierno ha tenido que reconocer que la construcción no estará lista sino hasta fines del 2011… si es que entonces.
Quizá no debamos sorprendernos demasiado. La responsabilidad de las fiestas del bicentenario ha sido cambiada de forma constante. El ex presidente Vicente Fox nombró en 2006 a Cuauhtémoc Cárdenas como coordinador de los festejos. Cinco meses después, renunció sin que se supiera exactamente por qué y sin que presentara un informe de lo realizado. Ya en el gobierno de Felipe Calderón el ex presidente de Conaculta, Rafael Tovar y de Teresa, asumió la coordinación. Renunció también sin mayores explicaciones. Le siguió José Manuel Villalpando, quien ejerció el mando de los festejos desde el Instituto de Estudios de las Revoluciones Mexicanas de la Secretaría de Gobernación. En este 2010, ya al cuarto para las 12, asumió la responsabilidad directamente el secretario de educación pública, Alonso Lujambio.
Nadie parece tener una idea precisa de cuánto está gastando el gobierno en estos festejos. Solamente la Expo Bicentenario de Silao, Guanajuato, ha tenido un costo estimado de 1,100 millones de pesos. Hasta mayo del 2010, según datos obtenidos a través del IFAI y publicados en el periódico Reforma, el gobierno federal había transferido 225 millones de pesos a una empresa llamada Instantia, propiedad del australiano Ric Birch, para las fiestas del gobierno federal. Los pagos concluirán el 30 de noviembre por lo que el total será sin duda mayor.
Nadie ha rendido un reporte de cuánto están gastando directamente las secretarías de estado y otras dependencias del gobierno federal. Ha habido, por otra parte, una verdadera avalancha de publicidad sobre el bicentenario y programas de televisión, como Debatamos México. Los gobiernos estatales y el del Distrito Federal han sido también muy generosos con el dinero de los contribuyentes en estos festejos.
Algunos de los festejos que se van a realizar son francas locuras que tendrán un costo enorme no sólo para el gobierno sino para los ciudadanos. La Conade, la Confederación Nacional Deportiva, que depende del gobierno federal y que encabeza el político Bernardo de la Garza, llevará a cabo un Festival Olímpico del Bicentenario con la supuesta participación de atletas internacionales como el nadador estadounidense Michael Phelps, el velocista jamaicano Usain Bolt y la garrochista rusa Yelena Isinbayeva, quienes cobran cifras millonarias por sus presentaciones. A lo que haya que pagarles a los atletas habrá que sumar el costo de montar piscinas y pistas olímpicas en pleno Paseo de la Reforma y la factura que nunca se contabiliza de los problemas de congestionamientos que surgirán por cerrar el Paseo de la Reforma.
Uno puede entender el gusto de los mexicanos por las fiestas. Puede también aceptarse que un bicentenario es una magnífica ocasión para celebrar. En realidad estamos olvidando, sin embargo, que el verdadero aniversario debería ser el 27 de septiembre de 2021, cuando cumpliremos 200 años de la independencia. Sólo que nuestros gobernantes prefieren cerrar los ojos a la realidad histórica y seguir recreando los mitos de la vieja clase política nacional.
Lo que no es aceptable es que tengamos una celebración tan cara y tan mal organizada. De alguna manera nuestros políticos parecen querer ratificar que los mexicanos aprovechamos cualquier ocasión para una fiesta pero las hacemos siempre mal. Dejamos además que éstas interfieran en la construcción de un México mejor.
Una vez más, como lo señalaba Octavio Paz, “nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de nuestras fiestas populares.”

